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SILENCIO

SILENCIO  

(Yurena Domínguez Palma, 5 de enero de 2010)

¿Es una estupidez grabar al silencio? La verdad es que no lo sabía, y por ese motivo, lo primero que he hecho tras plantearme esta pregunta ha sido grabar con mi móvil 17 segundos de silencio. ¿Por qué 17 segundos? Cosas mías. Se trata de un “silencio impuro” por decirlo de alguna manera, pues no creo que exista o al menos podamos ser consciente del verdadero silencio.

Es sabido que la música estimula los sentidos, ya sea relajante o se trate de rock duro. No pasa desapercibida. Pero, ¿qué ocurre con el silencio?. ¿ Lo apreciamos como se merece?. ¿Sabemos romperlo en el momento exacto?. ¿Temer al silencio es temer a la vida, o a su final?

El silencio, descrito como la ausencia de ruido, se puede dividir en diversos tipos los cuales tienen una connotación diferente.

Hay silencios que dicen a gritos “te quiero”; otros, incómodos, desean romperse lo antes posible; hay silencios que se disfrutan a cada segundo como el que coexiste con la puesta de sol; o simplemente silencios que dan el último adiós.

Un momento de silencio significa tanto… Concentración, tranquilidad, esperanza, fragilidad, ilusión, espacio, miedo…

Cuando me paro a pensar, siento la necesidad de escribir que el silencio es todo, pero a su vez, nada. Pero con esta reflexión reconozco que no aporto nada nuevo, pues todo en este mundo cumple esa característica. Sin embargo, nunca está mal recordarlo.

Hay demasiadas personas que dan la sensación que no aprecian el silencio. Sólo hace falta tener una conversación con ellas para darse cuenta que ni siquiera saben escuchar a la otra persona. Es en ese momento cuando uno llega a la conclusión de que si apenas sabe dialogar en condiciones, lo más probable es que esa persona que tanto habla y tan poco escucha ni siquiera se dé cuenta de la existencia del silencio como tal.

Por otro lado, y respondiendo a mis propias preguntas realizadas anteriormente, decir que el hecho de romper el silencio es algo que pocas personas saben hacerlo en el momento y con el tema adecuado. Aunque hay que reconocer que a veces nos encontramos frente a un silencio incómodo del cuál es conveniente salir, sea con el tema que sea. Es como cuando jugamos a algún deporte. Si perdemos queremos que nos gane el mejor equipo que haya y con el mejor juego posible. Al menos de ese modo será una derrota justa. Lo mismo ocurre con el silencio. Lo ideal sería que se rompiera con un tema de conversación agradable e interesante, o que simplemente lo rompa el movimiento de las hojas de un árbol acariciadas por la brisa.

¿Temer al silencio es temer a la vida, o a su final? Puede ser. Aunque en realidad desconozco que haya alguien que admire el silencio y a la vez, lo tema. Pienso que quien teme al silencio, es que no lo ha conocido en su plenitud. No hay por qué temer a la vida, pues como dice el refrán, “a caballo regalado no le mires el diente”, y que yo sepa, nadie ha hecho méritos para nacer. Simplemente nació y punto. Eso sí, como algo regalado, hay que valorarlo tal y como se merece. Y, con respecto a temer a la muerte… simplemente es el final de una de tantas etapas.

Esta última pregunta quizás resulte un poco tremendista, pero yo no quiero que se mire desde ese punto de vista. Al contrario. Con este escrito a donde quiero llegar es que a veces, en su justa medida, podemos pararnos a pensar que el silencio es vida, es un regalo, y como tal, hay que saber admirarlo.

Las bolsas y yo

LAS BOLSAS Y YO

( Yurena Domínguez Palma a 12, de diciembre 2009)

Tengo un problema y me cuesta reconocerlo, pero hoy aquí daré ese paso tan importante. Y es que, cada vez que tengo que ir al supermercado, es un suplicio para mí.

La gente normal considera el hecho de ir al súper algo sin importancia. Aunque a algunos les gustaría salir con la cartera no tan vacía… 

Lo primero en lo que puede pensar una persona al yo decirle que no me gusta ir al supermercado es el tema de gastar dinero. Dinero que un estudiante sólo ve la primera quincena del mes, pero aún así, ese no es mi problema pues una se acostumbra a comprar cositas baratitas y a comer “tápers”, que en nuestras circunstancias, se antojan a veces como un manjar, pues es lo único que comeremos de comida casera en todo el día. Pero ese no es el tema hoy.

La cuestión es que las bolsas de los supermercados son un poco complicadas de abrir. Pero es que las hijas de su madre, joden todo el año. En verano, porque tenemos las manos sudosas y se resbala. Y cuando llega el frío, tenemos las manos congeladas, y las articulaciones no  responden a la señal del cerebro: “abre la bolsa ya, miarma, que hay una cola esperando detrás tuya…” 

Total, que en este momento se activa el sistema simpático de nuestro cerebro: empieza a aumentar mi frecuencia cardíaca, mi tensión arterial,… vamos, hasta en las pupilas se produce midriasis…

Y eso es lo único de simpático que me rodea, pues la situación cada minuto que pasa se vuelve más engorrosa: el cajero me mira con mala cara, aunque su boca refleje una sonrisa a medias, los que esperan en la cola, resoplan al ver que los “mandaos” se acumulan porque su recogida no fluye… Coño, cómo va a fluir si es que las bolsas no se abren… Quién pueda que me ayude vale?? Y es en este momento de desesperación cuando mi acompañante, si es que no voy sola, o el cajero (caso en el que mi único acompañante sea mi sombra y ésta tristemente es igual de torpe que yo) me ayudan a abrir las dichosas bolsitas de plástico y a guardar las cosas en ellas.

Supongo que esta reflexión, los niños pequeños no la entenderán cuando tengan uso de razón pues gracias a Carrefour, estas bolsas de plástico están siendo eliminadas y sustituidas por bolsas ecológicas. Supuestamente es por hacer una labor a favor del medio ambiente, pero quién sabe si a uno de los que ha organizado este movimiento “anti bolsa de plástico” le ocurría lo mismo que a mí a la hora de ir al súper. De todas formas, como hay que ser agradecido en esta vida, sólo digo: GRACIAS CARREFOUR.

“Filosofía de la cereza”

Filosofía de la Cereza:

 

A algunas personas, el hecho de que le digan que piensen en cerezas, les conduce a pensar en algo erótico, o incluso perverso, por qué no decirlo…

 

Pero como hemos podido ya observar, cada persona, cada mente es un mundo, lugar en el que a veces existe un pequeño hueco para pensamientos filosóficos… 

Hace poco, me propusieron una especie de juego, que al principio parecía más un test psicotécnico o algo parecido, y  al final acabó siendo una simple paranoia que te hace pasar un buen rato, y además, te hace pensar. Una de las cuestiones era que dijera lo primero que se me ocurría acerca de las cerezas. Tras reflexionar unos segundos, y sabiendo que estaba en juego mi reputación como “ pequeña filósofa en ratos libres”, pues procedí a exponer mi razonamiento:

 

Las cerezas vienen unidas por naturaleza; ya en el árbol nos encontramos un ramillete de cerezas que penden de una rama. Cuando el recolector las recoge, puede pasar varias cosas. Si las recoge con cuidado y esmero, lo más probable es que esas cerezas sigan unidas, aunque ya separadas del árbol; pero si por el contrario, las recoge de forma brusca, lo más probable es que se separen, e incluso que alguna salga malparada, y su destino no sea el escaparate de una frutería, formando parte del arcoiris de color de susodicho establecimiento, sino una bolsa de basura, o su degradación en el suelo…

 

Existe un paralelismo entre las cerezas y las personas.

 

Hace muchos inviernos, ya decía Platón que la persona, el ser humano necesitaba a la sociedad para vivir. Y yo en esto le doy la razón a tal sabio. Un ser humano no sería tal si no estuviera rodeado por la sociedad a lo largo de su vida. Pero la cuestión es que nos encontramos en una especie de círculo vicioso ya que el ser humano no podría vivir sin la sociedad, pero ésta, a cambio, le hace pagar un precio muy caro: su degradación.

Las personas se degradan unas a otras, a veces queriendo, otras veces, haciendo como si no quiere la cosa…

 

A las cerezas les ocurre lo mismo. Por naturaleza vienen unidas, es lo que les hace ser especiales, particulares, llamar la atención. Si le dices a un niño pequeño que te dibuje la fruta “cereza”, lo más seguro es que dibuje dos cerezas. Pero por qué. Porque existe una necesidad de no sentirse solo, ni de que otros se sientan solos, pero al final, acaban separándose, el ser humano las separa, porque es su destino, igual que nuestro destino es vivir en sociedad, y que las sociedad nos degrade, pero a algunos les degrada más que a otros.

 

Si tratas con delicadeza, si te tratan con delicadeza, es probable que la vida te regale tu otra cereza, que te acompañará hasta que alguien o algo rompa ese hechizo.

Si por el contrario tienes la mala suerte de encontrarte por el camino un mal recolector, puedes encomendarte al más poderoso santo que…

 

Así pues, ahí queda reflejada mi “Filosofía de la cereza”, paranoica para muchos, seguro, y no pretendo que les guste a nadie, pues se puede decir, que “soy una cereza independiente”

 

 

 

Granada

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