El día 3 de julio al fin acabé los exámenes. En estas dos últimas semanas no he salido apenas. Sólo del piso a la universidad y viceversa. Combinando ratitos en el bus y otros en los que me apetecía ir a casa caminando, aunque sea bajo un sol de justicia. Aun así, mi piel no tiene nada que envidiar a la de un albino, y he tenido que soportar últimamente las típicas bromitas: A ver, pon tu brazo al lado del mío… ¿Has visto qué comparación?. Ya estoy cogiendo el morenito del verano… Pero en fin, a mi me da igual.
Desde que he terminado, el estrés que me había acompañado tantos días no se ha separado de mí. Primero buscando piso para alquilar el curso que viene, después que si quedar con unos y con otros, y cuando todo parece estar tranquilo, me encuentro a la vuelta de la esquina a la dueña del piso del que me echan a patadas, y me da la charla del quince porque le dije que terminaba el día 3 y estábamos a día 4 y no me había ido. (Por cierto, hoy me ha vuelto a llamar, para ver cuando me voy: Señora, que el domingo dejo la habitación más vacía que su cabeza, y tranquilita, que no me va a ver más el pelo, ni yo a usted, gracias a Dios) Lo que está en cursiva hubiera deseado decírselo pero como una tiene sus principios, pues no ha sido así. Y después dicen que si la juventud…
Pues bueno, a lo que iba, que llevo asignaturas para septiembre, que apenas voy a poder estudiar porque me voy a Londres, que aún no tengo alojamiento para el año que viene, y encima no paran de decirme que soy muy triste, que doy pena y que encima soy gafe (aunque me estoy replanteando seriamente esto último). Si tuviera la moral baja, hubiera pensado en tirarme por el puente de Triana o algo por el estilo, pero como eso es de cobardes, pues mando a quien me dice esas cosas a donde él ya sabe y punto.
Pero la vida me sorprende a cada minuto y en estos últimos días lo he podido comprobar. Y me alegra, pues eso me hace pensar en positivo. Hoy en la estación me ha ocurrido algo curioso, he ayudado a una muchacha sin esperar nada a cambio, sin conocerla de nada y siendo lo más cordial posible. Al final, y sorprendentemente para mí por mi timidez, hemos estado charlando desde Sevilla hasta mi parada de tren, Palma del Río, además del rato que llevábamos hablando ya en la estación. Me ha agradecido que le diera un caramelo y hablara con ella manteniéndola así distraída porque estaba mareada, y no se sentía bien.
En fin, las pequeñas cosas son las que te hacen sentir grande, hacernos sentir bien. Como el hecho de sonreír, como de forma refleja, al ver sonreír tímidamente a una persona querida, como si de un bebé se tratara. Estas cosas, nos demuestran que merece la pena vivir, y no sabemos apreciar realmente, el valor de algo tan simple como una sonrisa sincera.