Hoy he recibido una carta. Era de las más esperadas aunque creía que ya no iba a llegar (con lo optimista que soy…). Se trata del carnet de donante de sangre. A mí siempre me ha gustado eso de ayudar a los demás y tal; es más, a veces me han llegado a decir que soy “demasiado buena”.
La primera y única vez que doné fue en el hall de la universidad de Podología, donde estudio. Recuerdo que fue el 18 de Febrero de este mismo año. Habíamos acabado las clases y al salir, Laura – mi compañera y amiga de la clase- y yo vimos todo “el tinglado” montado allí. Ya lo habíamos hablado antes y acordamos que como la unidad de donantes vinieran a la universidad, donaríamos las dos juntas. Tras estar cerca de media hora observando aquellas cortinas blancas que trataban de tapar sin éxito las 5 o 6 camillas que había al otro lado, y discutir – en el buen sentido de la palabra- si dábamos el gran paso o no, decidimos hacerlo.
Tras esperar un rato, llamaron a Laura. Se tumbó en la camilla y al instante empezó a donar sangre. Después de pocos minutos, fue mi turno. El puño empezó a abrirse y cerrarse, de forma autómata. Intentaba pensar que lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, no me ocurriría a mi: hasta tres donantes un poco mareados se esforzaban en no desmayarse mientras los enfermeros de la unidad de donantes les traían zumos refrescantes y nutritivos y les subían las piernas. Preferí seguir jugando con una vela pequeña que nos regalaron de olor a vainilla, como un niño que se afana en evadirse de su alrededor.
Al fin mis compañeros se recuperaron, las bolsas de sangre se llenaron, y nos quitaron las vías del brazo. Yo estaba muy contenta porque había sido fuerte y no me había desmayado en mi primera vez. Aunque el día aún no había acabado y a las 4 tenía prácticas en la clínica. Me empecé a notar mal, vista borrosa, piernas flojas, y piel blanca como la pared. En un abrir y cerrar de ojos, estaba tumbada en la camilla, piernas arriba. Era mi primera práctica en la clínica y desde luego aquel día, no se me olvidará. No sé por qué me puse así unas 5 horas después de donar, pero el cuerpo humano es incomprensible…
La verdad es que ahora me hace gracia aquella anécdota, y sonrío cada vez al recordarla, o al contársela a los amigos. Mereció la pena desde luego hacer lo que hice aquel día. Y aunque te marees un poco, eso es pasajero, pero el bienestar de pensar que puedes ayudar a alguien de una forma tan sencilla, es inexplicable.