Siempre me ocurre lo mismo y es que, por mucho que el horario de prácticas me regale una o dos (por suerte) tardes libres a la semana, siempre acabo quedándome en casa, haciendo el vago un poco, y cuando ya anochece, reunirme con mis compañeros de piso en el salón a descansar y compartir conversaciones nuevas cada día.
Hoy de nuevo he tenido una tarde libre. He llegado a casa tarde, y tras disfrutar de la costumbre española más famosa y de la que no tuve el placer de disfrutar durante mi estancia en Londres, me he ataviado con “el traje de faena” y me puesto a limpiar el baño, que es lo que me tocaba hoy.
Ahora, tras venir del súper y cuando me disponía a pasar a limpio apuntes atrasados, pues he recordado la anécdota de ayer al salir de prácticas. Eran las 9 de la noche más o menos y estaba yo en la parada del 6 sola, y se acerca un matrimonio de extranjeros (holandeses, según me dijo ella)desconcertados, perdidos, y buscando un mapa de Sevilla que estuviera pegado al cristal de la parada. Mapa que no existía. Hablan en inglés. Tengo curiosidad de hablarles, de preguntarle si les puedo ayudar, de interesarme a dónde van. Pero no reacciono. Sigo observando cómo los coches van y vienen, y de nuevo se van a alguna parte, quizás a su casa a cenar con la familia, quizás vuelven de trabajar, o van al cine, o simplemente les depara una puerta cerrada tras la cuál sólo les espera la soledad como compañera de piso y cómplice.
En fin, este matrimonio seguía caminando de un lado a otro, cuando de pronto se vuelve la mujer e intenta, con éxito preguntarme que cómo se va a la Plaza de España. Yo me quedé en blanco, pues estaba un poco colapsada de toda la tarde en prácticas y no caía en decirles qué autobús era el que los llevaría a su destino con más rapidez. Iba a buscar un pequeño mapa en la mochila pero recordé que lo saqué de allí hace tiempo. Al final logré que hubiera una conversación más o menos fluida y logré explicarles que debían montarse conmigo en el autobús, que se bajaran en la misma parada que yo, y que luego cogieran un taxi. Mi pronunciación era penosa y lo noté porque la mujer me sonreía diciendo (esta pobre no sabe pronunciar un carajo en inglés) pero a mí eso no me importa, con la práctica es como se aprende. Veinte minutos después de montarnos en el bus, nos bajamos y esperé con ellos hasta que paramos un taxi. La aventura había terminado.
De vuelta a casa, caminando, sonreí yo sola, al recordar mis aventuras en Londres, y cuando me perdí el primer día. La gente, en aquella ocasión también se mostró muy receptiva, y me ayudaron a llegar a casa. Por un momento, sentí que había devuelto el favor que me hicieron aquel remoto día.
No hablas de cuando llegabas tarde?
La hospitalidad es un placer del que goza más el que la ejerce que el que la recibe. En los pueblos del Mediterraneo, en una y otra orilla, es un honor agasajar al viajero, acogerlo, regalarlo, hacerle sentir que los de esta tierra son gente generosa porque la naturaleza les ha dotado de todo lo necesario y un poco más. Cuanto más modesta es la gente, más desprendida se muestra para con el foráneo. A veces nos frustamos cuando alguien parece necesitar ayuda y no nos la pide. A mi me divierte hacerles fotos a las parejas con su propia cámara-normalmente se la hacen uno al otro-. El otro día le hice una a unos jóvenes con la giralda de fondo, desde Mateos Gagos: mediante un contrapicado, logre que se viera toda la torrea. Espero que cuando sean viejos y vean la foto, aun recuerden vagamente la cara del que se las hizo. A mis alumnos de los pueblos trato de ayudarles en lo que puedo, sobre todo cuando llegan el primer día, tan despistados. Disfruto yo más que a ellos les resuelvo. Egoista que es uno.
La verdad es que sí. Uno se siente bien cuando da algo sin recibir nada a cambio. Aunque yo sí que recibí a cambio algo: un “gracias” con acento inglés que me resultó muy gracioso y reconfortante, y la imagen de dos turistas adentrándose en el taxi que al fin, les llevaría a su hotel. Quien sabe el tiempo que llevarían los pobres dando vueltas perdidos…
Muchas veces los alumnos llegamos tan asustados el primer año, tan ilusos, tan inocentes – sobre todo los que venimos del instituto- que nos sorprendemos cuando los profesores se muestran cercanos. Pues el mito de la universidad es que hay muchos alumnos y también gran cantidad de profesores y tanto unos como otros, van a clase a hacer su trabajo, y los alumnos sólo son nombres que a la hora de la evaluación aprueban o suspenden. Nada más. Pero en Podología hay excepciones, debido al número reducido de alumnos que van a clases, los pequeños grupos de prácticas y las largas horas que tratamos los unos con los otros.