Últimamente tengo la sensación de que pierdo el tiempo, tanto en casa como en clase. Hoy, por ejemplo, el día se me ha pasado bastante rápido. Algunas horas de clase las amenizaba hablando de vez en cuando con mi buen amigo Migue, y en los otros ratos (cuando veía que debía tomarme en serio el asunto) intentaba enterarme de algo, cosa que ha sido complicada porque estaba sentada en las últimas filas y es didícil enterarte.
La hora de almorzar no sabría cómo describirla. Antes no teníamos comedor pero al menos teníamos varias mesas y algo de espacio para sentarnos unas 20 personas y comer en el escaso tiempo que nos queda entre clases y prácticas. Ahora, gracias a que esas mesas ya no están, no tenemos sitio para comer, bueno, en realidad sí: una especie de ático que hay en la última planta en el que hay comer corriendo para cederle el sitio a otros, porque es el único lugar que hay. La lucha entre los alumnos de Fisioterapia y nosotros es constante y ahora más aún que debemos compartir “comedor”. Pronto almorzaremos en la sala de espera…
En las prácticas bien, aunque me he quedado a medias, porque el profesor tenía que ir al hospital y no hemos podido hacer todo lo previsto. Una pena, la verdad, hoy que estaba entretenida…
Ahora en casa vuelvo a perder el tiempo. Tengo muchas cosas que hacer ( cosas que intentaré poner al día este fin de semana). Pronto me acostaré. Si estuviera en casa ( mi hogar verdadero, en el pueblo) seguro que estaría en el sofá, con mi familia, a punto de irnos a la cama, en el mejor momento del día. Todos relajados, al final de la jornada de trabajo, sin nada en que pensar y manteniendo la conversación más simple del mundo, acerca de lo acontecido hoy o qué vamos a almorzar mañana.
La verdad es que es en este momento del día en el que más se echa de menos a la familia. Perdemos el tiempo pensando, la verdad, pero considero que eso de pensar por unos momentos en aquellas personas a las que quieres, no es un capricho nuestro, sino una obligación del subconsciente.
En fin, es tarde y cada palabra que escribo aquí hoy se está convirtiendo en una paranoia impresionante. Que descansen. Hasta mañana.
Quizás haya que ir creando hogar allá donde quiera que se esté. En el rincón más apartado del más cutre de los pisos de estudiantes se puede construir un espacio propio: esas fotos de gente querida, esos libros preferidos, esa música que nos trasporta a lugares soñados o a momentos añorados, esa cajita con las tonterías que nos recuerdan cada una un instante especial… no es tan difícil. La vida se jalona de múltiples hogares que lo son si hemos puesto un poquito de alma en ellos. Si viviera entre cartones, pondría en una esquina una botella con un ramillete de margaritas robadas a la orilla del río: ya tendría hogar.
Lo del tiempo es distinto: hay tiempo cronológico, biológico, mental… pero no está claro que se pierda. A veces los biorritmos demandan un paso más calmado. Para mí, lo importante es que se tenga conciencia de que existe y de que lo llenamos, auque sea de silencios y de contemplaciones. Ya llegarán la vorágine y el tumulto.
La verdad es que el año pasado llegué a sentirme casi como en casa, pero este año, con nuevo piso, nuevos compañeros y nuevas cosas que hacer en el tiempo libre, aún me estoy adaptando. Diría que necesito tiempo aunque una vez me dijeron que el tiempo es sólo una excusa barata, y que las cosas, si se quiere, se hacen. Necesito tener ganas de adornar la habitación, porque ahora sólo tengo pos-it pegados de todas las cosas que tengo que hacer…