Hace unos días, cuando me dirigía a la parada del bus, compré un bonobus porque ya había gastado el otro. De repente se me vino un pensamiento de esos que sólo se te pueden ocurrir a las 9 de la mañana recién levantado: hay que ver qué misterio esconde un bonobus y sobre todo, qué poco viven los pobres…
La vida de todo bonobus comienza a tener sentido cuando algún personaje ( como muchos de nosotros) lo compra ( casi a precio de oro desde este enero ) en un puestecillo de estos que están en la calle, una copistería… Lo mantenemos resguardados del frío, en el bolsillo del pantalón o en uno de los apartamentos de nuestra cartera, junto al carnet de la universidad, a poder ser.
Se aproxima el “O6 ” y el pequeño cartoncito con cinturón magnético se prepara para realizar su primer trabajo. Sale de la cartera mientras se oye de fondo un “buenos días” y al instante, queda grabado en él la marca de su primer viaje.
Esta escena se repite, normalmente, durante los 5 primeros días de la semana. Después, cuando se torna inservible, cada cuál recibe un destino, aunque muy pocos son los afortunados de no acabar en la basura. Como decía, la mayoría acaban en la misma papelera del autobús, otros, arrugados en los asientos, otros, rotos a cachitos esparcidos por el suelo de dicho vehículo. Algunos logran llegar a casa a salvo, pero al poco tiempo, se encuentran en una bolsa rodeados de restos de comida…
Algunos privilegiados logran mantenerse vivos hasta llegar a clase, que ésta sea aburrida, y que haya alguien al lado con ganas de firmarte y dedicarte ese pequeño bonobús inservible. Es cuando se convierte en inmortal, viviendo para siempre en un bonito estuche rodeado de bolígrafos pilots (los mejores), subrayadores y rotuladores de todos los colores, y sobre todo, dibujando una sonrisa en aquél que lo lea.