Como un ave nómada que regresa
a su nido raído y deshecho
que descansa todavía en el mismo
ciprés, donde el camino frondoso
muere,
vuelvo a la orilla del río esta tarde,
recostada en un respaldo de conchas
observando -como un águila a su
mochuelo mientras alza el vuelo-,
el añorado reflejo del sol en
el crepúsculo.
Escucho un llanto roto a mis espaldas
y despierto y me doy cuenta de que
aún no he descubierto qué hay tras
el horizonte.
Yurena Domínguez